“¿Dónde guardas tus pinceles?”

No levantaba un palmo del suelo cuando ví a mi padre abrir una vieja y enorme caja de madera repleta de “palos con pelos”, de todos los tamaños.

 Yo no sabía que eran ni para que servían pero me faltó tiempo para deslizarme como una oruga resbaladiza por las impolutas baldosas geométricas de mi madre. Si, de mi madre, aquellas baldosas hidraúlicas, de polvo de cemento y pigmentos que mi madre fregaba y enceraba como sino hubiera un mañana.

 Me metí literalmente en la caja, de cabeza, manos y…. Rápida como una centella atrapé tantos palitos peludos como mis dedos fueron capaces. A riesgo de sacarme un ojo, considere que lo mejor era probarlos, chuparlos, masticarlos… ¿A qué sabran?

Mi madre le gritó a mi padre: “¡Antonio! ¡La niña!” Salvada por la campana, mi madre es que lo veía too y estaba en todas partes. Quitarme los palitos no fue una tarea fácil, agarrándolos como si me fuera la vida en ello. Roja como un pimiento y con algún otro pedo por testigo, me miraba los dedos vacíos, apunto de explotar.

 Fue solo el simple gesto de mi padre al coger uno de los palos peludos planos y hacerlo bailar en el suelo, de derecha a izquierda que apaciguó mi reacción. Y ya para siempre quedó en mi memoria la magia de ese utensilio que cobró vida.

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